LOS RITUALES SOCIALES

Revista Latinoamericana de Historia y Ciencias Sociales

miércoles, 14 de enero de 2015

Beck escribe sobre Bauman

Este es uno de los últimos ensayos del brillante sociólogo alemán Ulrich Beck, quien murió inesperadamente hace 10 días. En él elogia la obra de su colega Zygmunt Bauman.
por Ulrich Beck
Zygmunt Bauman no es un hombre común y corriente; Zygmunt Bauman no es un sociólogo común y corriente. Su vida está marcada por las catástrofes del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial, el nacionalsocialismo, el estalinismo y la persecución de los judíos. Víctima de campañas antisemitas, en 1968 escapó de Varsovia a Israel. Sin embargo, no soportó el menoscabo de los derechos de los palestinos y no tardó en aceptar un cargo en la Universidad de Leeds, en Gran Bretaña. Fue allí recién cuando ya era profesor emérito, que comenzó a cobrar renombre mundial.
Tal como lo percibo, Bauman ocupa el lugar del intelectual judío cosmopolita, un lugar comparable al que ocupaban Ephraim Lessing y Heinrich Heine en el siglo XIX o Theodor Adorno y Hannah Arendt en la Alemania de posguerra, que, como lo expresó Adorno, peleaba “por la redención de las esperanzas del pasado”. Zygmunt Bauman acaso sea el último a quien corresponde atribuir un lugar semejante, lugar que se fue vaciando dolorosamente en el siglo XX, en Alemania como en Europa.
El pensamiento de Zygmunt Bauman entrelaza estrechamente la historia social, la sociología y la teoría de la modernidad. En Modernidad y Holocausto (1989) Bauman situó la ambivalencia fundamental de la modernidad, su sentido y desquicio, en el centro de una sociología pública, multidisciplinaria. Bauman (como sólo lo han hecho Theodor Adorno y Hannah Arendt) elevó el Holocausto como tema de la sociología y la filosofía de la modernidad. Para Bauman, una característica central de la modernidad es su capacidad de organizar en forma eficiente su destructividad e inhumanidad. Y es esa capacidad racional de destrucción, la racionalidad destructiva, la que derivó en la matanza masiva, en la violencia y la brutalidad ejercidas con arreglo a un plan, en el programa de exterminio de los nazis contra los judíos, en la inconcebible combinación de horror, eficiencia y modernidad.
No sólo para los alemanes, también para las demás democracias occidentales –la modernidad asiática, la sudamericana, la árabe, la africana– sería mucho más cómodo tildar el programa racista de exterminio nazi de malformación alemana, tildarlo de una barbarie que, por extraña, por oscura, no se puede deducir causalmente de la lógica intrínseca de la modernidad. Zygmunt Bauman –aquí mucho más cerca de la Dialéctica de la Ilustración que de la apologética de las sociologías del presente– pone en evidencia que el que condujo a Auschwitz no fue un camino excepcional de los alemanes, no fue un extravío, sino un desquicio anclado en la modernidad y la Ilustración desde su mismo origen. Este quiebre de la civilización, por tanto, no es un pasado superado de una vez y para siempre sino una amenaza que persiste, y no sólo en Europa sino en todo el mundo.
Cuando escucho en las noticias que los Estados y las fronteras poscoloniales establecidas con arbitrariedad imperial caen por el asalto de guerreros de dios, y que los militantes del Estado Islámico celebran su manía y desprecio por la humanidad con modernísimas tecnologías de la comunicación visual y ante los ojos de la opinión pública mundial, me vienen a la mente las tesis de Bauman sobre los abismos de la modernidad. Es entonces cuando veo esa fusión tan particular de una antimodernidad con una ultramodernidad armada militar y capitalistamente. Al mismo tiempo veo en las guerras en Irak y Afganistán, por ejemplo, cómo las instituciones de la modernidad occidental fracasan incluso cuando triunfan.
Cuando regiones enteras del mundo se ven arrolladas por semejante violencia fundamentalista, cuando millones de personas son perseguidas o sacrificadas brutalmente ante nuestros ojos mientras la respuesta militar de Occidente no hace sino atizar el odio y el desquicio que busca combatir, resulta francamente idílica la consigna de este año de la conferencia anual de la Sociedad Alemana de Sociología: la pregunta por las rutinas de la crisis.
Bauman, en cambio, prioriza la noción de “interregno”, la pregunta por cómo el orden social y político del mundo actual se desmorona sin que haya un nuevo orden mundial a la vista.
Este renacimiento de la historia social anunciándose por doquier en excesos de violencia pone en evidencia el increíble optimismo de las teorías sociales corrientes y de la crítica cultural de moda: sería bueno que la racionalidad de control, burocrática, sombríamente pronosticada por Max Weber, aún controlara; sería bueno que, como anunciaron Adorno y Foucault, el único terror que nos dominara fuera el del consumo y el humanismo; sería bueno que se pudiera restituir la ausencia de falla de los sistemas apelando a laautopoiesis . Sería bueno que, en efecto, sólo se tratara de una crisis de la modernidad, susceptible de ser mitigada con fórmulas litúrgicas como: más mercado, más tecnologías, más diferenciación funcional, más elección racional, más crecimiento, más ajuste, más armas, más drones, más computadoras, más Internet, etc.
No es una deshonra reconocer que hasta a nosotros, los científicos sociales, nos faltan las palabras frente a la arrolladora realidad. El lenguaje de las teorías sociológicas (pero también el de la investigación empírica) nos permite abordar el cambio social como constante o la crisis como excepción, pero no nos sirve para siquiera describir la transformación histórico-social del mundo en los albores del siglo XXI, mucho menos para entenderla. La palabra, el concepto, la metáfora que Bauman encontró ante tal estupefacción, tal falta de lenguaje como característica del estado intelectual de nuestro tiempo, es la noción de “modernidad líquida”.
Bauman emplea este concepto diagnóstico de la transitoriedad, este concepto metafórico que despide lo conocido sin conocer lo nuevo, para subrayar acontecimientos y transformaciones políticas que son impensables dentro del marco de referencia de las teorías sociales corrientes. Así, analiza e interpreta la transformación del arte, la religión, el derecho, la ciencia, la política, el poder, la identidad y la sexualidad dentro del marco de referencia de la modernidad líquida. Los muchos escritos de Bauman sacan a la luz que nuestras comunidades socialmente construidas, nuestras instituciones e identidades se han vuelto precarias y permeables al “poder líquido”, a las “identidades líquidas” de una modernidad que se digitaliza. Los ciudadanos de las “ciudades líquidas” se han vuelto “personas desplazadas”, se han transformado en ejércitos de consumidores. La “cosmópolis” ha dado paso a la “ciudad del miedo”. Asistimos a la nueva conditioinhumana. Por último, Bauman describió cómo, bajo el imperio del totalitarismo digital, la vida se ve separada de la vida en libertad política por un quiebre, una potencia mundial de control que transforma toda la existencia sin dejar nada intacto.
En realidad, cada uno de sus libros de la última década puede considerarse una obra maestra. Por un lado, por la profunda seriedad con que Bauman enmarca las tragedias de nuestro tiempo en categorías sociológicas, por el otro, por la convicción con la que cree que el mundo podría volverse un lugar mejor pese a todo.
En ese sentido, la sociología de Bauman es un voto a favor del regreso de la historia social, del mensaje: ¡La historia está de vuelta! Esto supone una provocación para el mainstreamde la sociología, y en un punto también para el de la ciencia política. Pues las teorías sociales de Foucault, Bourdieu y Luhmann, por ejemplo, tanto como las teorías fenomenológicas y de la elección racional, tienen pese a todas las diferencias algo fundamental en común: ponen el foco en la reproducción y no precisamente en la transformación del orden social y político en lo desconocido e incontrolable. Son sociologías del fin de la historia. No dejan ver que el mundo se transforma otra vez en unaterra incognita .
De este modo, se pierde de vista la historicidad de la modernidad, y con ella su potencial de destrucción descomunalmente crecido: sí, por un lado se reduce la historia social a historia nacional; por el otro, la inevitable imprevisibilidad e imposibilidad de controlar el futuro, la dialéctica de sentido y desquicio, se reduce, y por ende minimiza, a un relato sobre la racionalización y la diferenciación funcional del mundo. Cuando esto sucede, se restringe subrepticiamente el horizonte de la sociología, se lo fija al presente. La sociología cae en la trampa de lo que en inglés se llama presentism . Esto conduce a un modelo de modernización ciego al tiempo y al contexto; modelo con el cual se corresponde la fe narcisista en la correcta organización del mundo: si tan sólo todos fueran como uno mismo.
La teoría de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman ha quebrado ese modelo de la reproducción del orden social y político permitiendo ampliar la mirada a toda una serie de nuevas dinámicas, procesos y regímenes de transformación. Algo que Bauman resume en el ensayo The Triple Challenge (El triple desafío). Una sociología abierta al cambio histórico –sostiene Bauman– considera tres categorías de la transitoriedad: “interregno”, “incertidumbre fabricada” y “disparidad institucional”.
La teoría de la transformación en el sentido de Bauman se centra en cómo pensar la relación entre continuidad y discontinuidad, sentido y desquicio. Y en cómo esa relación puede ser demostrada empíricamente en diálogo con el diagnóstico de la realidad y la sociología del conocimiento. Es con este fin que Bauman introduce la noción de interregno (Antonio Gramsci). Está aludiendo a una especie de repetición histórica del proceso que Max Weber tuvo a la vista al analizar los orígenes del capitalismo moderno. Así como Weber, considerando la moderna sociedad capitalista que surgía, puso el foco en la necesidad de emancipar la economía de la economía doméstica, hoy debemos analizar cómo la economía mundial desoye cada vez más las reglas y dictados protectores de los estados nacionales. Según Bauman, el casamiento aparentemente sagrado del poder y la política está terminando en una separación con perspectiva de divorcio. Así, la dominación transformada en poder político se derrama en parte por el ciberespacio, los mercados y el capital móvil, y en parte se descarga sobre los individuos, que deben afrontar solos los riesgos que surgen. Y, mientras tanto, no hay a la vista un equivalente del estado nacional soberano.
Parte del “triple desafío” también es el campo de las “incertidumbres fabricadas”, de la inseguridad autoprovocada. En este contexto, Bauman retoma mis ideas sobre la sociedad del riesgo global. Al respecto dice: “Las cosas se conocen gracias a la desaparición o al cambio abrupto. De hecho, recién tomamos conciencia del papel impresionante que han jugado en nuestra historia moderna las categorías de ‘riesgo’, ‘cálculo de riesgo’ y ‘tomar el riesgo’ cuando el término ‘riesgo’ perdió mucha de su utilidad original (…) convirtiéndose en un ‘concepto zombie’”.
El “triple desafío” supone, por último, “disparidad institucional”:“El estado de cosas del planeta, sostiene Bauman, se ve ahora sacudido por asambleas ad hoc de poderes discordantes, no sujetos al control político debido a la creciente impotencia de las instituciones políticas todavía existentes. Así, estas últimas se ven forzadas a limitar severamente sus ambiciones, a ‘desligarse’, a ‘delegar’ o ‘tercerizar’ en agencias no políticas el número creciente de funciones tradicionalmente confiadas a los gobiernos nacionales”.
Pero no voy a detenerme en lo que cada una de estas cosas significa. En el marco de esta Conferencia Anual de la Sociedad Alemana de Sociología me importa hacer hincapié en el oficio, el trabajo con la teoría: la teorización de la transformación exige la transformación de la teoría.
La concepción de moda en la sociología equipara teoría con teoría universalista, y distingue entre teoría y diagnóstico del tiempo presente. Tal distinción lleva implícito un juicio de valor según el cual el diagnóstico del presente carece de teoría y es visto, por tanto, como dudoso. Y de hecho, muchos diagnósticos del tiempo presente exageran al generalizar acontecimientos u observaciones aisladas. Pero lo que Zygmunt Bauman nos presenta es completamente otra cosa: un diagnóstico teóricamente exigente, histórico, de la transformación del mundo. Un diagnóstico que desarrolla toda una conceptualización, una terminología de proceso de mediano alcance que nos permite describir la transformación de la realidad que las teorías universalistas pierden de vista. Este cambio en la forma de entender la teoría invierte la jerarquía entre teoría universalista y diagnóstico teórico-histórico del presente. El universalismo teórico-social que impregna la sociología moderna encegueciéndola al retorno de la historia social resulta un falso universalismo. Y no sólo eso, incita a la sociología a acomodarse en una pedante irrelevancia.
El hecho de que la Sociedad Alemana de Sociología distinga a Zygmunt Bauman con su mejor premio, el premio a la obra de vida, es un paso muy importante en el camino de abrir la imaginación sociológica a la transformación histórica del sentido y desquicio de la modernidad. Para terminar, un discurso laudatorio estaría incompleto si no destacara otra característica de la obra de Bauman: la sensibilidad histórica, moral y estética tan especial de su lenguaje y su pensamiento, una sensibilidad nacida de la experiencia de la barbarie. Aquí cabe la pregunta por la cualidad moral de ciertos términos que empleamos en apariencia objetivamente. Para Bauman, “sobrevivir” es uno de esos términos. Cito: “A medida que se va disipando la experiencia directa de las víctimas se agrava el recuerdo del Holocausto y se entumece como doctrina de la supervivencia: vivir es sobrevivir, (…) quien sobrevive, gana”.
Así lo expresó Bauman en la Paulskirche de Frankfurt, en el discurso que dedicó a Theodor W. Adorno cuando fue distinguido con el premio homónimo en 1998. En el concepto de supervivencia está latente el de selección, y con este el principio que divide a las personas en víctimas y victimarios, y que no sólo hace del victimario un verdugo sino también de la víctima un victimario: ¡que gane el más fuerte! Cito: “El fantasma del Holocausto sopla esta lección a los oídos de muchos. Es tal vez la peor blasfemia contra el Holocausto y la mayor victoria póstuma de Hitler”.
Hoy la supervivencia de la humanidad entera se encuentra amenazada. Hay motivos suficientes para la desesperación, el miedo y la cólera. Se propaga la premisa de “vivir, luego sobrevivir”. Una de las enseñanzas que nos da Bauman es incluir en el examen de conciencia de la sociología moderna esos miedos, esa perfidia y ese horror que, como él lo formula, “hacen tictac” como “bombas de tiempo” bajo los cimientos de la vida moderna.
Discurso laudatorio ante la Sociedad Alemana de Sociología. Traducción de Carla Imbrogno.

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